Creíase olvidado, más desde la sombra…

Altrae miró al cielo y no vió nada. Vagas sombras recorrían sus ojos cegados por el sol dando pistas sobre su verdadera naturaleza al acompañar sus vuelos de suaves trinos. El mundo que le rodeaba era muy distinto a como lo recordaba, tras años encerrado entre los gruesos muros del castillo. Los tonos verdes y dorados del follaje arbóreo embotaban su cerebro, suscitando en él sensaciones cercanas a la belleza y el asombro que nunca antes había sentido; el marrón de los troncos de los árboles, adornado con níveas pinceladas de musgo antiguo, le hacía imaginarse frente a millares de hombres salidos de los más grotescos sueños que jamás pudiere haber tenido.

Su señor había muerto. No había sido generoso ni compasivo, mucho menos paternal, habiendo actuado rara vez como si le hubiera visto siquiera, más había matado por él. Una muerte cruel y despiadada, como la que solo un hombre de su calaña podría llevar a cabo, que ahora le acosaba y atormentaba. Había matado y no sabía bien por que motivo. Extrañado por la impunidad de sus actos, no podía sino recordar la garganta de aquel hombre seccionada por su romo cuchillo, el cual había penetrado la carne de un modo muy poco profesional, cuando se le informó de que podía marchar a donde quisiera.

Altrae se frotó los ojos empapados en lágrimas y en sudor preguntándose si marchaba por bravo o por vil y, tras echar un vistazo atrás y convencerse de que nada así volvería a ocurrir, sintiéndose libre pero atado para siempre al yugo de la culpa, comenzó a caminar.

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